Construyendo La Historia De Un Pueblo Con Gran Historia

CONVENCIDO DE QUE LA HISTORIA LA HACEMOS TODOS, A PARTIR DE HOY ABRIREMOS UN ESPACIO A LA CONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA DE PUEBLO YAQUI, PARA QUE DESDE DONDE NOS ENCONTREMOS QUIENES GUARDAMOS EL CARIÑO “AL PEDACITO”, COMO DICE DOÑA LIDIA SALAZAR DE PONCE, PODAMOS DEJAR COMO LEGADO A FUTURAS GENERACIONES EL CONOCIMIENTO DE SU PROPIA HISTORIA.

ESTA TAREA LA HEMOS POSTERGADO MUCHOS Y POR MUCHO TIEMPO. ALGUNOS,INCLUSO, QUE QUISIERON ESCRIBIRLA SON PARTE YA DE LA PROPIA HISTORIA DE ESTE NUESTRO PUEBLO, QUE TANTOS HIJOS TIENE EN MUCHAS CIUDADES DE LA FRONTERA CON ESTADOS UNIDOS, EN ESTADOS DIVERSOS DE LA REPÚBLICA MEXICANA, OTROS MAS EN ESTADOS DE LA UNIÓN AMERICANA Y TAL VEZ DE EUROPA.

EN LA MEMORIA COLECTIVA QUEDAN LOS NOMBRES DE LOS PIONEROS DE ESTAS TIERRAS Y DE AQUELLOS QUE COMO DON “ FITO RIVERA”, SE LLEVARON MUCHO QUE CONTAR Y QUE ESCRIBIR , O COMO AQUELLOS QUE HOY ESTÁN POSTRADOS COMO DON RAFAEL LERMA LIMÓN, EL QUE MUCH0S HECHOS NARRO “DESDE EL CORAZÓN DEL VALLE DEL YAQUI”.

ES UNA INVITACIÓN A QUE NARREMOS LA HISTORIA QUE VIVIMOS, QUE NOS CONTARON NUESTROS ABUELOS, PADRES O AMIGOS, ENVIARLA AL CORREO licponce1962@hotmail.com PARA INTEGRARLA Y HACER UN DOCUMENTO PARA LA HERENCIA CULTURAL DE NUESTRO PUEBLO.

SERA ENTONCES NUESTRA HISTORIA…PARA LA HISTORIA DE PUEBLO YAQUI, CAJEME, SONORA, CON LA FIDELIDAD DE FUENTE EN CADA COMENTARIO, FOTOGRAFÍA O DOCUMENTO… Y SOBRE TODO CON EL CALOR Y APRECIO DE UN AMIGO DE TODOS: LIC. JORGE ALBERTO PONCE SALAZAR.



9 ene. 2012

PERSONAJES EN LA HISTORIA DE PUEBLO YAQUI

PERSONAJES EN LA HISTORIA DE PUEBLO YAQUI


Mtro. Jorge Alberto Ponce Salazar

Pueblo Yaqui, Sonora. Diciembre 29 de 2011.

Toda colonia, barrio, sector o comunidad, registran en su memoria histórica a personajes que, por cuestiones de nacimiento o por daños cerebrales hacen que la vida rutinaria cambie, por el entretenimiento o los miedos que provocan tales personajes. En algunos casos cuenta la gente que “les echaron algo en la comida”, “le dieron un brebaje que lo volvió loco” o de plano: “fumó mariguana”, hasta llegar al: “se quedó arriba”.
Todos dejan buenos recuerdos en los pobladores y no causan daño alguno, por lo que se les recuerda con cierto cariño, como si fueran hijos de todos y significaran amuletos de buena suerte, para mantener la alegría que hace menos tristes los malos momentos, guardando algunas frases de cada uno de ellos, por la ocurrencia que reaviva precisamente nuestros pensamientos.
Recordar en estas fechas decembrinas a los personajes de Pueblo Yaqui, ayuda en el regocijo humano que debe sobreponerse a los recuerdos negativos o dolorosos.
Nuestros padres tienen recuerdos de “NICASIO” y la “CHAPETEADA” y a la memoria nuestra llega la figura de la “LOLA CALOLA” a quien hacíamos enojar para que nos correteara y lanzara tremendas piedras que pocas veces golpeaban, porque corríamos fuerte o porque realmente no tenían la intención de dañarnos.
Aquellos que en la adolescencia vendimos paletas de hielo y teníamos que madrugar para que no nos ganarán los carros, recordamos a “LENCHO PELÓN”, a quien José el encargado de administrar el negocio le picaba la cresta, diciéndole que le queríamos ganar su carro, provocando un iracundo coraje que terminaba en gritos y en algunos momentos en manotazos débiles, porque se congelaban nuestras manos al estar sacando las paletas y ponerlas en la caja para contarlas, antes de meterlas al carrito que empujábamos para transitar en las calles, con el cántico de “PALETAS, NIEVES, CREMAS Y ESQUIMALES”.
Lencho era muy rápido en su caminar, por problemas en sus pies, y aunque gritaba poco sabía a dónde llegar para vender, mientras que algunos nos íbamos hasta las comunidades del Campo 47 o Campo 16, llevando arriba del carrito a un hermano o hermana para hacer curvas en la carretera y luego un tremendo frenón para tumbar a quien cargábamos. En lo personal recuerdo una ocasión en que subí a Griselda mi hermana menor que yo y empujaba cada vez más fuerte el carrito al escuchar las carcajadas de alegría de ella, cuando de pronto agarramos un ladrillo con la llanta del frente, cayendo ella entre piedras y tierra de frente y sin defensa alguna. Ella ganó raspaduras en su nariz, una tremenda empolvada y yo un tremendo regañón de mi madre.

Cuando empezamos a dar “bola” para seguir ayudando a la numerosa familia a la que pertenecíamos, donde el que menos tenía eran ocho, como fue el caso de la nuestra, conocimos al “HUESITOS”, un hombre sumamente delgado que tenía un cajón para lustrar zapatos grande, desde donde sacaba lo necesario para inventar combinaciones de crema, grasa y tintas para lograr un relumbrón ejemplar con los que presumía ante el resto de los boleadores, que al acercarnos a su territorio recibíamos gritos, palabras no amistosas, piedras y agresiones del huesitos que consideraba que el Bulevar Zapata, entre Carrillo Puerto Y Madero era de su propiedad.
Eran los tiempos de otro célebre personaje del pueblo conocido como “EL CANITO”, a quien gritábamos…cano, canuncio… ¡lo tiene sucio! Y se armaba la remolinera, con un corredero de chamacos, porque Canito agarraba lo que podía en sus manos para golpear al que alcanzara. En muchos momentos de esos tuvo éxito y nos daba tremendas pedradas, que creaban un terror después, sobre todo cuando había grandulones que nos agarraban del cuerpo para no correr y esperaban que Canito estuviera cerca como si nos fuera a agarrar con sus manos.
Llegados los tiempos de pizca del “oro blanco” aparecía “EL KIKÓN”, quien al igual que miles de trabajadores golondrinos originarios de Oaxaca, Nayarit, Guerrero y Sinaloa seguían la temporada algodonera pasando por el Norte de Sinaloa, Valles del Yaqui y Mayo, para seguir al Valle de Empalme y Costa de Hermosillo, hasta llegar a la Baja California Norte.
El Kikón era un hombre grande, de joroba pronunciada, cabello largo, hombros alargados, piernas delgadas y de pie gigante, con una primera impresión impactante, quien cargaba en su hombro una zaca de ixtle para que soportara el arrastre entre los suelos surcados bajo algodones que rebasaban la altura del más grande de los pizcadores.
Causaba miedo de verdad cuando el Kikón se enfurecía y la emprendía contra quienes no le dejábamos dormir la siesta, acostumbrada por todos los pizcadores para dejar pasar el calorón de medio día y reponer fuerzas, de manera que de tanto gritarle y tirarle piedras en donde dormía, de pronto aparecía por entre los árboles de la vecina con su grande humanidad, cual si fuera un lobo tras de su presa, para provocar una desesperad estampida entre los traviesos, con la fortuna de que por no haber cercos en los domicilios nos poníamos fuera de su alcance, más por el miedo que por lo rápido para correr.
Eran tiempos buenos también para “DON BASILIO” que se movía en una carreta jalada por uno o dos caballos, para ofrecer sus frescas paletas de hielo dentro del Pueblo y en los lugares donde había una pizca de algodón cerca, haciendo una tradición el cambio de botellas de caguama por paletas, única manera de sobrevivir por la dificultad para enderezar su cuerpo, producto de alguna enfermedad como la artritis, que le engarrotaron las manos, piernas y cuerpo, de manera tal que apenas sostenía las riendas de sus nobles animales. Al momento de bajar de su carreta se convertía en un jorobadito, que obviamente enojaba si alguien se acercaba a verlo.
La llegada de la cuaresma y con ello la visita de los llamados fariseos, recrea siempre en la memoria de muchos la vida de “EL CHILTEPÍN”, Don Jesús Sotelo quien parecía tener contrato con ellos, porque en cuanto aparecían por el cruce de la Avenida Sedán y Pascual Ayón se mal asomaba, cuando ya le caían con sus enormes lanzas, vestidos con su típica indumentaria adornada con capullos de mariposa y el cuerpo arropado por enormes cobijas, como si el peso fuera parte de la manda que se ofrece, acompañado de máscaras con caras distorsionadas de venados, perros o coyotes, así como de sonajas, tambores y cuchillos de madera.
Don Jesús era sumamente corajudo y nos lanzaba piedras, ladrillos o lo que pudiera agarrar, cuando buscábamos comernos las guayabas del solar donde vivía o cuando por traviesos le gritábamos Chiltepín, pero a los llamados también chapayecas les tenía pavor, como si su inocente humanidad les observara como seres venidos de otro mundo, por lo que mejor subía a los guayabos, hasta donde trepaban los fariseos y empezaban a picar con su lanza a Don Jesús Sotelo, que se ponía rojo de coraje, miedo, incredulidad y pavor. Así vivió hasta el último año de su muerte Don Jesús, con miedo a los fariseos y nosotros con miedo al Chiltepín.
Los fumadores de juventud recordamos a un hombre vagabundo por excelencia, que lo mismo aparecía en un lugar que en otro, a quien todos llamábamos “EL CHITOLE”, que repetía mucho todo lo que hablaba y lanzaba saliva constantemente, buscando siempre un lugar donde hubiera café, cigarros, galletas, hasta donde llegaba con su frase que por años se repitió en el pueblo: PASA, PASA…de manera que cuando queríamos un cigarro, café, galleta o cualquier cosa que se pudiera compartir, todos decíamos…pasa, pasa…dijo el CHitole, de quien creemos recordar murió en atropellamiento por un carro fantasma.
Las mujeres recuerdan mucho a “LA HERMINIA” que se acercaba a las secundarianas de los setentas y ochentas, como para sentirse parte de la juventud hermosa, con quienes presumía una linda sonrisa, acompañada de un supuesto y elegante peinado, cual princesa del valle que le vio nacer.
Cuentan en la actualidad las jóvenes de aquél entonces, que no hacía ningún daño, pero su aspecto físico y el saber que estaba enferma de sus facultades mentales, les provocaba miedo cuando llegaba y se sentaba a un lado de ellas, pero por no parecer groseras platicaban con ella y hasta cantaban el pajarillo.
Otro caso peculiar e interesante de recordarlo con cariño y respeto es el de “CHUY LOCO” quien a pesar de tener una enorme fortaleza física, en su inocente vida gustaba de pintarse los labios para corretear a los muchachos y muchachas e intentar besarlos, como si el propósito sólo fuera mancharlos de pintura labial, pero a quien se le acercaba se le hacía que le iba a dar una mordida con sus gruesos labios o que lo iba a agarrar con sus grandes manos y ya no lo iba a soltar.
Vivió durante mucho tiempo en la segunda colonia de Pueblo Yaqui, la Campestre y correteó a cientos de niños y adolescentes, hasta que en uno de sus ataques epilépticos cayó en una fosa con agua y ahí murió.
El aficionado al beis-bol de camiseta, llamado así porque lo que el sueño mayor del adolescente y el joven, era el llegar a vestir el uniforme del “YAQUIS” o “YANQUIS” de Pueblo Yaqui, en una liga interejidal amateur, que jalaba a los cientos de hombres y mujeres de la comunidad. Orgullosos de ver a sus hijos o nietos en las enormes jugadas, barridas o batazos compensados por el aprecio familiar y el reconocimiento de toda la comunidad. Los tiempos de la sociedad misma y el cotizar cada actividad del hombre, provocarían entrado el Siglo XXI la pérdida de valores deportivos y con ello el alejamiento del aficionado orgulloso de su jugador o de los jugadores de su pueblo y darían paso a la presencia de apostadores.
En el valor y las glorias deportivas, se recuerda la figura de “EL CAPALO” como el aficionado mayor por acompañar siempre y mantener entretenida a la afición con sus poses y frases originales como: “AL BAT…ANTHONY CAPALO”, “SE PRENDE DE DOÑA BLANCA”, “LA BOLA SIGUE, SIGUE Y SIGUE…Y SE FUE MUCHO A LA CHIN...”algunos le atribuyen incluso la frase de: “DÍGANLE ADIOS A DOÑA BLANCA”, entre otras como “VUELA PALOMITA VUELA”.
Cuenta la población que necesitaba “poca gasolina para arrancar”, porque su mal era el alcohol y sólo bastaba un poco para escucharle decir al ampáyer “CANTA, PAJARITO CANTA” y obviamente no había quien resistiera la carcajada.
Los tiempos en que se promocionó el Box en Pueblo Yaqui y el Valle, lo subieron a los cuadriláteros para enfrentarse a la jaiba manjarrez de Ciudad Obregón, en al menos un par de ocasiones que llenaron de risa y carcajadas la improvisada arena de box, en canchas contiguas al casino social.
Inolvidable la figura desnuda, de un cuerpo no atlético, con un corazón grande y el pensamiento de cuántas caguamas se iba a tomar con la ganancia, de un capalo que tiraba sólo golpes de ejidatarios, sin asestar a una jaiba manjarrez aficionado a los encordados y seguidor de los peleadores locales.
“INDIO PERRO” terminaría diciendo el peleador local, para buscar escabullirse de los golpes de su enemigo y esperar que la campanada le salvara de un golpe mal dado, porque veía lo duro que tiraban sus hermanos “El Chino” y “El Many Zavala”, pertenecientes a ésa pléyade de boxeadores entre los que se encontraban “El piochas Romero”, “julio Antillón”, “Manuel Amezcua”, “Samuel Castelo” y otros que hacían atractivas las carteleras periódicas que disfrutaba la afición del deporte del cloroformo, bajo las fintas del Zorro y del Azteca que movían sus brazos por inercia y con mucha enjundia. El estimado Capalo, hasta el final de sus días, arrastraría la mayor de sus aficiones: el alcohol.
Muchas generaciones recuerdan en condiciones diferentes al famoso “FAUSTO”, llamado el bola de humo porque se dedicaba a lanzar pelotas invisibles, sobre la banqueta de la terminal de autobuses foráneos, atrayendo la mirada de simpatía de todos los ciudadanos y ganando el pan que se compraba en la tradicional carreta de las empanadas de calabaza calientitas o del pan que se traía de Obregón. Tomaba lo que le daban Fausto, sin dejar de poner atención en su juego y cantar el…strike.
La generación de los sesentas habla de un Fausto ecuánime, elegante para vestir y excelente bailador, de manera tal que siempre asistía donde hubiera ruido, para mostrar sus simpáticos dotes bailarines y ganar el aprecio de la gente que lo estimó hasta el último momento de su vida, encargándose de darle santa sepultura a su muerte por la orfandad familiar en que quedó, con cooperaciones de vecinos solidarios.
Cuentan que perdió la razón al comer “algo” que no era para él, sino para un familiar muy cercano a él, iniciando su peregrinar ante la vida y recorriendo cientos de kilómetros a pie, como si hubiera perdido algo, como si quisiera encontrar el camino perdido, recorriendo el valle del yaqui incansablemente. No olvida la gente tal hecho, porque cuando lo alcanzaban en un carro y le decían: ¡súbete Fausto¡ a lo que él respondía: VOY DE PRISA…y no aceptaba el raite.
Otra frase utilizada por los miembros del pueblo en circunstancias diversas, fue producto de la creatividad de Fausto, al momento que le preguntaban cómo estaba y él respondía “SOMOS MUCHOS”, describiendo a su interior el crecimiento poblacional acelerado los setentas o tal vez recordando un pueblo plácidamente tranquilo que le tocó conocer, al dormir en un catre fuera de su casa, con los pantalones colgados en una silla, sin que nadie buscara robarle, como adivinando las complicaciones que se vendrían por ser una sociedad mal organizada, con una pésima distribución de la riqueza.
Se considera esa posibilidad a raíz de que “Fausto fue el primer hombre que sembró camarón” en la región, en los tiempos que para muchos era inimaginable la siembra del camarón, conocedores todos de los cultivos en tierra de trigo, soya, algodón, maíz, cártamo, entre otros, pero no de camarón, de manera que se tomaba como un comentario salido de la locura de Fausto, que al poco tiempo fue todo una realidad y transformó ecosistemas, playas y economías. Al momento de preguntarle a dónde iba, Fausto respondía con su frase de “A SEMBRAR CAMARÓN”, a la que agregaría tiempo después “LA PLAGA DEL PICAHIELO”, como causante de los malos tiempos.
En ciertos momentos de sorpresiva reacción, al momento que le regalaban plátanos o pan, cuentan que pedía leche para que no se le atorara, logrando completar un exquisito platillo, que llevaba al lugar que lo vio morir, en Pascual Ayón Norte.
Siguen presentes entre nosotros algunos personajes como “EL MAJOMAS”, que en la primera actividad que le conocimos para mantenerse económicamente, llenaba el carrito de paletas y enseguida lanzaba a la calle un grito propio: DE LECHEEEE, hasta vender lo que permitía la ganancia necesaria del día.
La residencia particular nunca ha sido estable y ha deambulado de un lugar a otro, aunque los últimos años permanece en un lote de la Colonia Mártires de San Ignacio, conocida popularmente como Kuraica, por haber sido la familia que vendió el terreno contiguo al casco del pueblo, ubicada en la salida Norte, convertida en la sexta colonia de la comunidad que, agregando la Zona Urbana y la naciente colonia Nueva Creación muestra crecimiento poblacional constante, sin que se retome el crecimiento urbano merecido por los distintos niveles de gobierno, a pesar de que data del año de 1895 su origen como núcleo poblacional.
Los últimos años de vida del Majomas han tenido como base de sostenimiento el bolear zapatos, con su típico saludo de “HERMAAANOOO”, complementado por la voluntad de gente que le aprecia y con su presencia continua en aquéllas casas donde se vela a un muerto, a quien le llora aunque no lo conozca y acompaña el café con los dolientes.
Las juventudes ubican a “EL MONINAS”, a quien gustan hacer enojar y a “MANUEL AYALA” o el LOCO MANUEL, que tiene un particular comportamiento con la gente del pueblo, pero sin representar peligro alguno.


2 comentarios:

  1. REMEMBRANZAS INOLVIDABLES

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  2. FELICIDADES, EN VERDAD ES UNA EXCELENTE APORTACION.
    GRACIAS POR COMPARTIRLA

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